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Dios y la religión en Charles Darwin. Notas sobre una evolución

Isaías Largo Fernández
Profesor de Filosofía del IES Pedro Soto de Rojas. Granada

Hablar de Charles Darwin en 2009, doscientos años después de su nacimiento, el año en el que se conmemora también el 150 aniversario de su obra cumbre, El origen de las especies, es un atrevimiento, máxime si no se tiene una sólida formación científica. En mi caso, que pretendo hablar sobre Dios y la religión en Darwin es, no sólo un atrevimiento, sino también una temeridad, aparte de una intromisión en la intimidad de alguien que conscientemente quiso mantener su pensamiento sobre esta cuestión en el plano privado y personal, y que en una ocasión dejó escrito que a nadie le debía importar lo que él pensase sobre Dios[1]. Sin embargo fueron muchos los que en su tiempo quisieron saber acerca de sus ideas en materia religiosa. Y hoy, como entonces, parece que seguimos interesados en conocer su opinión al respecto.

Dicho lo cual, y conscientes de traer a colación un tema tan íntimo y delicado, quisiéramos dejar claro que nuestras palabras no pretenden sentar cátedra ni menos aún generar polémica. Sencillamente vamos a clarificar, en la medida de lo posible, el pensamiento sobre Dios y la religión, en un hombre que se vio envuelto, muy a su pesar, en una discusión científica y teológica que aún no ha terminado[2].

Lo cierto es que si ahora todos somos conscientes de nuestro derecho a la intimidad y a la privacidad, ver cómo Darwin reclama ese derecho de forma tan clara a mediados del siglo XIX sorprende gratamente. El respeto a la libertad religiosa o de creencia, a la libertad de conciencia y a la libertad de pensamiento no es algo en lo que la humanidad se haya prodigado, y en aquella sociedad puritana, menos aún. Por ello no es de extrañar que Darwin se viera ‘obligado’ a dar cuenta de sus creencias, a defenderse. Por eso su ‘defensa’ resulta tan significativa, pues demuestra que al menos para un cierto círculo de personas, Darwin había ido demasiado lejos con sus ideas, cuestionando en último término a Dios; pero no porque lo hubiera negado, sino porque con su teoría Dios ya no era necesario. Y esto, a juicio de muchos, sobrepasaba de largo la libertad de pensamiento. Hacer ver que no había existido creación era un insulto y una afrenta a Dios y a las Escrituras. Y Darwin era el culpable de todo ello.

En su ‘defensa’ Darwin es claro. Primero y principal: él no tiene que dar explicaciones a nadie de sus creencias. A nadie le importa lo que él piense sobre Dios. Pero incluso considerando que el planteamiento mismo de la pregunta es un atropello, Darwin acepta el reto, y aunque un tanto molesto por tener que dejar claro ante los demás lo que no debiera ser sino una pura cuestión personal, afronta la situación con la mayor sinceridad y honestidad posibles, sin renunciar al rigor que una cuestión tan fundamental requiere, aunque sin poder evitar, por otra parte, la carga emocional que algo tan íntimo representa.

Charles DarwinResumiendo su pensamiento, podemos decir que Darwin no es creyente. Esto lo deja claro una y otra vez. Su no-creencia no es sino una consecuencia de sus propios principios científicos. Como científico, busca argumentos, pruebas; pero no las encuentra. Él afirma no tener pruebas o argumentos claros de la existencia de Dios. Los argumentos clásicos no los considera pruebas concluyentes[3]. Por todo ello no puede, coherentemente, ser creyente. Él es agnóstico[4]. No niega la existencia de Dios, como tampoco la afirma[5]. Sencillamente no lo sabe. La propia cuestión supera la capacidad humana. La única postura coherente es la agnóstica.[6]

Respecto a la religión, su postura es más clara si cabe. No cree en la religión. A su juicio, ninguna religión revelada puede ser cierta[7]. La existencia de cualquier religión revelada supone su propia negación[8]. La doctrina del propio cristianismo le parece “detestable”[9]. Tampoco cree en Jesucristo como Hijo de Dios[10]. No podía ser más claro.

Cuando Darwin dice todo esto, no lo dice tras realizar un estudio específico de Dios ni de la religión. No lo dice como experto en Teología. Él era un científico, no un teólogo[11]. La cuestión de la existencia de Dios, en sus investigaciones, quedaba al margen[12]. Pero aunque no realizara un estudio específico sobre Dios y la religión, su propio proceso evolutivo respecto a dicho tema, es ya todo un estudio. Los avatares de la propia vida, le condujeron a un proceso de reflexión lento, pero sincero y sereno, que acabó en una incredulidad total, sin que esto le creara mayor problema[13].

Profundamente religioso en un primer momento, estudiante de teología, «bastante ortodoxo» en sus creencias cuando inicia su viaje en el Beagle, su fe empieza pronto, sin embargo, a tambalearse cuando reflexiona sobre los milagros, en clara contradicción con las leyes fijas de la naturaleza. Sus dudas aumentan con el análisis de los evangelios, cuando constata sus diferencias, demasiado importantes como para que pudieran explicarse apelando a las imprecisiones de testigos presenciales. Así hasta el descubrimiento de «la ley de selección natural», que le impide seguir afirmando que el universo sea el «resultado de la creación de un ser inteligente».

¿Qué ha ocurrido? ¿Cómo explicar ese cambio de actitud? Lo mismo que en la teoría de Darwin los seres vivos evolucionan y dan lugar a nuevos seres, en la vida, las ideas que en un principio nos parecen apropiadas, llega el día en que no nos lo parecen. Darwin también evolucionó profundamente en su forma de pensar sobre Dios, y no es raro suponer que en todo ello la muerte de una hija, con tan solo diez años de edad, tuviera mucho que ver.

¿Fue entonces su no-creencia una manera de vengarse de Dios? No. La propia profundidad del sentimiento doloroso no quita valor a sus efectos, a la conclusión, a su resolución definitiva, a su cambio de actitud y de ideas. En todo caso la muerte de su hija Annie fue el punto y final de un proceso largamente mantenido en el tiempo, aunque sin duda fue decisivo. Para su desgracia no había una prueba de la existencia de Dios a la que agarrarse ante un dolor tan profundo. Darwin, con toda seguridad, sintió el abandono, la ausencia de Dios, su silencio. No hubo respuesta a sus lógicas preguntas. Si no hay pruebas, ¿por qué iba a haber respuestas?

Podía haber negado a Dios. Otros ya lo hicieron ante semejante experiencia dolorosa. Darwin, el hombre, pero también el científico, de forma desapasionada, sin reproches, sin estridencias, responde de la única manera que sabe. No sabe si existe Dios. Decir más, decir otra cosa, hubiera sido faltar a la verdad. Como científico se atiene a las pruebas, pero las pruebas no le convencen. No son pruebas. Definitivamente no sabe si hay Dios.

Otro gran hombre, Wittgenstein, en su Tractatus, precisamente sobre el tema que nos ocupa, decía que de lo que no podemos hablar lo mejor que podemos hacer es callar. Prudente medida.

Hoy, 150 años después de El origen de las especies, como entonces, falta prudencia. Callar no es algo propio de los hombres, que hablamos y decimos, hasta de lo que no sabemos, faltando así a la prudencia y a la verdad. Darwin habló de lo que sabía, y sabía bien, con pruebas, con argumentos. Durante años, casi obsesionado, recopiló y buscó pruebas con las que demostrar su hipótesis científica. Pero algunos no quisieron ver las pruebas. Vieron tan sólo las consecuencias que se derivaban de su pensamiento. Dios resultaba innecesario para la ciencia. Para la mayoría, aquella idea de un universo sin Dios era ir demasiado lejos. Nada de aquella absurda teoría era cierto. Darwin estaba equivocado.

Era comprensible que no iba a ser fácil convencer a quienes de antemano creían estar en posesión de la verdad. Lo que no se comprende fácilmente es que todavía hoy haya quienes sigan erre que erre tachando de falsa la teoría de la evolución de las especies y que lo hagan bajo el argumento de que va en contra de la Biblia. ¿Es eso una refutación? Porque seamos sinceros, las pruebas que proponen no son pruebas. Y por más argumentos y pruebas que se les den, seguirán en sus trece. Lo suyo no es ciencia, lo suyo es dogmatismo a priori, y frente a eso no hay nada que hacer. Si de antemano todo lo que vaya en contra de sus creencias es falso; si de antemano la razón está sometida a la fe, ante tal actitud no es posible la ciencia. La ciencia no puede tener más limitación que los propios hechos sobre los que trata. Nada previo a los hechos, o al margen de ellos puede interponerse.

«Benditos los que creen sin haber visto»[14], pero por lo que respecta a Darwin permitámosle que sea agnóstico, que sea no-creyente, que exija pruebas. Él, en su campo de investigación las tiene. ¿Por qué no va a poder exigir a la religión que aporte las suyas? ¿Por qué va a ser creyente de lo que no hay pruebas? Se me dirá que eso entonces no sería fe, que la fe implica en cierto modo inseguridad. ¿Pero es que la fe tiene que ser irracional y absurda hasta el límite de lo increíble?[15]

Estoy profundamente convencido de que mientras Darwin fue creyente, lo fue por convencimiento; pero una mente tan despierta, tan atenta a todo lo que le rodeaba no pudo dejar de hacerse preguntas. Surgió la duda. A pesar de todo mantuvo la fe, hasta que no pudo más. Seguir manteniendo la fe ante tantos hechos en contra, ante tanta ausencia de pruebas no era posible. No pudo seguir siendo creyente. Ser creyente llegó a ser imposible. Su búsqueda de la verdad le llevó al respeto por los que pensaban diferente, empezando por los que no creían, su abuelo, su padre, su hermano…[16]

Es como si para Darwin ser creyente fuera tomar posición frente a los hombres, estar a favor de unos frente a otros. ¿Pero con qué criterios unos eran buenos y otros malos, unos se salvaban y otros se condenaban? En su fuero interno Darwin no podía de ninguna de las maneras ser creyente.

¿Ateo entonces? Tampoco. Hubiera supuesto tomar posición frente a otros[17]. No era esta tampoco la solución. ¿Entonces?

Thomas H. Huxley, fiel defensor de la teoría evolucionista de Darwin, había encontrado la solución a semejante dilema. Si no se podía coherentemente creer en Dios, y tampoco había pruebas para negarlo, la única solución, la más honesta, era la de reconocer nuestra insuficiencia, nuestra incapacidad para saber sobre Dios. Estamos sin conocimiento acerca de Dios. Eso es lo que significa el término ‘agnóstico’[18], creado curiosamente por Huxley.

Hay quienes ven en el agnosticismo de Darwin una salida ingeniosa, pero consideran que en último término es solo una excusa para no implicarse ni con unos ni con otros. No ven demasiado convencimiento en sus palabras[19]. Personalmente opino que la postura de Darwin es sincera. No es una respuesta para salir del paso o para que lo dejen en paz. No. Él no es de los que se quitan el problema de encima con una respuesta ingeniosa. De ningún modo. Darwin fue tremendamente respetuoso y tolerante con todas las creencias. Su profundo respeto a los creyentes y a los no creyentes fue lo que le llevó a no aceptar que Carlos Marx le dedicase El capital, su obra más emblemática. No fue el miedo al qué dirán, o a ser tachado de comunista, o ateo, lo que le llevó a declinar aquel ofrecimiento sincero de Marx. La causa última de su negativa a que le fuera dedicado el libro fue su profundo respeto a los creyentes[20], entre quienes se contaba su propia esposa, profundamente creyente y seguramente profundamente desgarrada en lo más íntimo por la incredulidad de su marido.

El caso Darwin sigue planteado. Nada parece haber cambiado en 150 años. En numerosas ocasiones las iglesias, más que en ver si lo que dicen los científicos es o no verdad desde una perspectiva científica, lo que hacen es combatir esos descubrimientos por sus implicaciones religiosas, por sus consecuencias; pero cuando piensan de esa manera, están mirando, no a la verdad, sino a su verdad, deudora la mayoría de las veces de una concepción teológica determinada, es decir, interesada. De ese modo los prejuicios están a la base de todo el proceso, de toda su crítica a la ciencia. Pero no se puede hacer ciencia desde los prejuicios. Hay que dejar que sean los propios hechos los que hablen y no ir hacia ellos cargados de ideas preconcebidas, de ideas a priori.

El creacionismo quiere hacer que los hechos y las pruebas se ajusten a su idea previa. Así, cuando los creacionistas afirman que Dios creó todo tal y como es actualmente y que en consecuencia no hay evolución de las especies, sus razones son tan solo el hecho de que lo dice la Biblia, y como la Biblia es Palabra de Dios, y Dios no miente, entonces el evolucionismo es falso y mienten quienes aceptan la teoría de la evolución. O lo que es lo mismo: los científicos son gentes que odian a Dios y a la religión, y por eso se dedican en cuerpo y alma, si es que la tienen, a mentir sobre Dios y sus criaturas.

Nos suena esta historia. La religión no parece sino revivir sus hazañas frente a la verdad científica: Galileo, Giordano Bruno, Miguel Servet,… Hace 150 años le tocó a Darwin,… Da igual qué religión o qué iglesia sea la que condena. En todas subyace la misma actitud dogmática. La razón está sometida a la fe. Al final no sabe uno para qué hizo Dios a los hombres racionales.

¿Cómo conciliar razón y fe? Hoy la ciencia no se plantea ese problema. No es la ciencia la que tiene que contestar a eso. Es la fe la que tiene que contestar y estudiar cómo es posible que si somos racionales, si somos criaturas salidas de la mano de Dios, hemos llegado a la negación de una verdad teológica. ¿No será que lo que creemos y llamamos verdad teológica, no es sino lo que unos hombres de una época pensaban que era la verdad? ¿Verdades eternas?

La ciencia no puede pretender ir más allá de las pruebas, Pero hasta donde las pruebas puedan llevarle, debe ir tras ellas sin importarle nada. La razón científica no puede tener más límite que los propios datos de la experiencia. Si ello supone la caída de una verdad teológica, tiene que seguir firme mirando hacia delante. La ciencia nada tiene que ver con la fe, con la creencia[21].

Todo cambia ¿La verdad también? Puede que La VERDAD con mayúscula no, pero el conocimiento que tenemos de esa verdad sí. Hoy por hoy, Darwin sigue teniendo razón. Hoy por hoy, desde la ciencia, la hipótesis Dios no es necesaria. Tampoco es contradictoria.

En resumidas cuentas, la postura agnóstica de Darwin es una postura firme, reflexionada, sincera y honesta. Desde su ser de científico, desde su más profundo respeto a la verdad, no sabe si Dios existe o no existe. No obstante, y esto es importante, está convencido de que la teoría de la evolución es compatible con la creencia en la existencia de Dios[22], aunque este no sea su caso.

Darwin no tiene miedo a lo que digan de él, siempre que lo que se diga sea verdad, pero no quiere que se malinterpreten sus palabras, por eso una y otra vez contesta al requerimiento de aquellos que le preguntan por las implicaciones teológicas de la evolución y que siguen empeñados en saber su punto de vista sobre Dios y su existencia. Su respuesta es siempre la misma: Está lo suficientemente mayor, enfermo y cansado como para afrontar tan ardua labor. Pero hasta donde sabe, hasta donde su mente de científico puede llegar, su repuesta es siempre la misma: no hay respuesta. Por eso él era agnóstico. Quizá su error fue que no pidió permiso para serlo.


Notas a pie

[1] En carta dirigida a John Fordyce, deja bien claro que lo que piense sobre Dios sólo le importa a él. «Cuáles sean mis propias opiniones es una cuestión que no importa a nadie más que a mí.». (Carta a John Fordyce, 7 de Mayo 1879). Citado por Martí Domínguez en la introducción a la Autobiografía de Darwin (Darwin, Charles (2009). Autobiografía. Editorial Laetoli. Navarra) Curiosamente, acto seguido, explica su posición. Lo hará en otras ocasiones, utilizando casi siempre los mismos argumentos.

[2] Darwin huyó siempre de la polémica. No asistió siquiera al famoso debate que tuvo lugar el 30 de junio de 1860, entre el obispo Samuel Wilberforce (le llamaban Soapy Sam) y Thomas Huxley (también conocido como el bulldog de Darwin). El debate fue intenso y apasionado, pero no contribuyó, como era de esperar, a resolver nada, y todo quedó reducido a la cuestión de si el hombre provenía o no del mono. Hoy en día la polémica sigue. Pero conviene aclarar que no se trata de que alguien en su fuero interno pueda concebir la naturaleza de la mano de un Dios. ¡Que cada uno crea en lo que quiera! El problema es que quieran hacer pasar por hipótesis científica (el diseño inteligente), lo que no lo es.

[3] «…la imposibilidad de concebir que este grandioso y maravilloso universo, con estos seres conscientes que somos nosotros, se origine por azar me parece el principal argumento a favor de la existencia de Dios; pero nunca he sido capaz de concluir si este argumento es realmente válido (….) También me veo inducido a ceder hasta cierto punto a la opinión de muchas personas de talento que han creído plenamente en Dios; pero advierto una vez más el escaso valor que tiene este argumento. Me parece que la conclusión más segura es que todo el tema está más allá del alcance del intelecto humano.» (Carta a un estudiante holandés. 1887) Citado por Martí Domínguez en su introducción a la Autobiografía (op. cit.)

[4] «creo que en términos generales (y cada vez más, a medida que me voy haciendo más viejo) aunque no siempre, agnóstico sería la descripción más correcta de mi actitud espiritual.»(Carta a John Fordyce, 7 de Mayo 1879). Citado por Martí Domínguez en su introducción a la Autobiografía (op. cit).

[5] «En mis fluctuaciones más extremas nunca he sido un ateo en el sentido de negar la existencia de un Dios.» (Carta a John Fordyce, 7 de Mayo 1879) Citado por Martí Domínguez en su introducción a la Autobiografía (op. cit).

[6] «El misterio del comienzo de todas las cosas nos resulta insoluble; en cuanto a mí, deberé contentarme con seguir siendo un agnóstico.» (Charles Darwin, op cit). Véase también final del texto de nota 3.

[7] «En lo que a mí concierne, no creo que haya existido ninguna revelación.» Citado por Martí Domínguez (op. cit.)

[8] Si Dios habla o se revela está poniéndose de parte de unos, aquellos a los que habla, frente a otros que no son los destinatarios directos de la palabra de Dios. Por más que digamos que ese mensaje es para todos, está claro que hay una exclusión de los otros, máxime si no pueden aceptar esa palabra de Dios porque ya tienen otra. Toda revelación implica un pueblo elegido: aquel al que Dios se revela, y otros que no son los elegidos. A juicio de Darwin todas las religiones reveladas adolecen del mismo error: creerse únicas y verdaderas. ¿Con qué criterio una es verdadera frente a otra.

[9] «Me resulta difícil comprender que alguien deba desear que el cristianismo sea verdad, pues, de ser así, el lenguaje liso y llano de la Biblia parece mostrar que las personas que no creen ─y entre ellas se incluiría a mi padre, mi hermano y casi todos mis mejores amigos─ recibirán un castigo eterno. Y esa es una doctrina detestable» (Darwin, op. cit.)

[10] I am sorry to have to inform you that I do not believe in the Bible as a divine revelation, & therefore not in Jesus Christ as the son of God. («Siento mucho tener que informarle que no creo en la Biblia como una revelación divina, y por consiguiente, en Jesucristo como el Hijo de Dios.» (Carta a Frederick McDermott, 24 de Noviembre 1880; http://www.darwinproject.ac.uk/darwinletters/calendar/entry-12851.html).

[11] Aunque comenzó los estudios de Teología, curiosamente inducido por su propio padre, quien tampoco era creyente, lo cierto es que los abandonó.

[12] «La ciencia no tiene nada que ver con Jesucristo, excepto en la medida en que la costumbre de la investigación científica hace al hombre cauteloso en lo que a admitir la evidencia se refiere.» Carta a un joven alemán. Citado por Francis Darwin en Darwin, C. 2009. Autobiografía. Ed. Belacqua, Barcelona.

[13] «Así, la incredulidad se fue introduciendo subrepticiamente en mí a un ritmo muy lento, pero, al final, acabó siendo total. El ritmo era tan lento que no sentí ninguna angustia, y desde entonces no dudé nunca ni un solo segundo de que mi conclusión era correcta». (Darwin, op. cit.).

[14] Jn 20,29.

[15] «Nunca se me ocurrió pensar lo ilógico que era decir que creía en algo que no podía entender y que, de hecho, es ininteligible. Podría haber dicho con total verdad que no tenía deseos de discutir ningún dogma; pero nunca fui tan necio como para sentir y decir: ‘credo quia incredibile‘ (creo porque es increíble). Citado por Martí (op.cit)

[16] Véase nota 8.
[17] A mi modo de ver, el creyente y el ateo, a fin de cuentas son lo mismo, mantienen una misma actitud y una misma y resuelta virtud: la fe. El creyente cree en que Dios existe, tiene fe en su existencia; suele ser militante y proclama sus dogmas, sus verdades, como la única verdad. Las normas morales provienen directamente de Dios. El ateo cree que Dios no existe. Lo cree con todas sus fuerzas, por eso combate a Dios y a sus fieles intentando demostrar lo absurdo de la creencia en Dios. Pero no solo no hay Dios. Tampoco hay un orden trascendente que tengamos que cumplir. Las normas morales son creación del propio hombre.

[18] Thomas H. Huxley, creador del término ‘agnóstico’ al explicar el término dice: «(Algunos) estaban seguros de que habían alcanzado una cierta ‘gnosis’; con mayor o menor éxito habían resuelto el problema de la existencia , mientras yo me sentía bastante seguro de que no lo había conseguido, y tenía una convicción bastante fuerte de que el problema era irresoluble (…). Por lo que me puse a pensar e inventé lo que entendía que debía ser el apropiado título de agnóstico (…). El agnosticismo, de hecho, no es un credo sino un método, la esencia del cual reside en un principio singular (…) El principio puede expresarse positivamente de la siguiente manera: en cuestiones intelectuales sigue tu razón tan lejos como ella te lleve, sin tener en cuenta ninguna otra consideración. Y negativamente se expresaría así: en cuestiones intelectuales no pretendas que son ciertas conclusiones que no se han demostrado o no son demostrables.» Citado por Martí en la introducción a la Autobiografía (op. cit).

[19] Véase el texto de la nota 4.

[20] La razón que da Darwin es que la propaganda anticristiana o atea no era adecuada para la libertad espiritual. Por idéntico motivo evita también que Edward Aveling le dedique su libro The student’s Darwin: «Tengo la impresión (correcta o incorrecta) de que los argumentos propuestos directamente contra el cristianismo y el teísmo carecen prácticamente de efecto sobre el público; y que la libertad de pensamiento se verá mejor servida por una gradual elevación de la comprensión humana que acompañe al desarrollo de la ciencia. Por tanto, siempre he evitado escribir sobre la religión y me he circunscrito a la ciencia.» Citado por Martí (op. cit).

[21] «La ciencia nada tiene que ver con Cristo». Carta a un joven alemán. Citado por Martí Domínguez en su introducción a la Autobiografía (op. cit).

[22] «La teoría de la evolución es bastante compatible con la creencia en Dios; pero también es necesario que usted tenga en cuenta que las personas tienen diferentes percepciones de Dios». Carta a un joven alemán. 1887. Citado por Martí Domínguez en su introducción a la Autobiografía (op. cit).